A Ver Cuándo Te Afeitás, Atorrante.
En la primera guerra mundial, el conflicto con el que el siglo pasado inició, el joven Gavrilo Princip, de 19 años, asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, y a su esposa, Sofía de Hohenberg.
Durante esta guerra, que trajo progreso (a cada guerra que transcurre nace una nueva forma de morir), se probó la efectividad de un tipo de armamento que, años después, por fortuna sería prohibido, aunque no menos usado: las armas químicas.
Podemos nombrar el famoso gas mostaza, el gas cloro, los fosfenos, etcétera. Esta práctica trajo la necesidad de crear otro artilugio: la máscara de gas.
El lector dirá: pero este abombado puso de título algo sobre afeitarse y arranca hablando de las guerras mundiales, ¿qué se fumó?
Antes de que me cancelen en las redes, o que salga en las noticias por decir pavadas, quisiera ir al grano.
Con la máscara de gas, surgió un problema que hoy por hoy, puede ser poco importante, pero en ese contexto, y bajo la moda del momento, era una atrocidad. ¿A qué me refiero? Las máscaras, no se ajustaban perfectamente a la cara (necesario para tener un cierre hermético) gracias a las barbas y bigotes que abundaban en la masculinidad de la época, trayendo adefesios como el bigote mutilado que hicieron famoso personalidades como Charlie Chaplin o Adolf Hitler, o la patilla a la altura de la nariz, que hizo conocer el vuelo a miles de prendas íntimas por acción de Rodolfo Valentino.
Ya terminada la introducción, me pregunto:
¿Los colegios privados están en una guerra química?
Yo no vi, de cerca, una máscara de gas en mi vida, por fortuna. Si vamos a esa cuestión; ¿Por qué motivo no podemos tener barba?
Quedarse con la simplonada de lo que dice el reglamento, me parece que no es argumento suficiente para desacreditar un buen bigote, lastimosamente fuera de los estándares de moda actuales.
Los colegios, hoy en día, con el constructivismo (contrario totalmente al viejo conductismo de reglazo al que no cumpla) instaurado de forma casi religiosa, dicen establecer, ante todo, la identidad propia del alumno y su libertad de expresión, siempre y cuando, claro, no sea peligrosa para la sociedad o para sí mismo. (Con expresión no me refiero solamente a lo que se dice o lo que se piensa, puesto que sin lenguaje corporal adecuado a la situación, no siempre se llega a comprender lo que se está comunicando)
Ahora bajo este concepto:
¿No está algo oxidado el discurso de que la falta de barba es una muestra de cuidado personal, siendo, para mí, una expresión de mi identidad?
Esto mismo ocurre con las tinturas de cabello, con el pelo largo (decía la canción de Pedro y Pablo "Es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador"), el maquillaje, y un largo etcétera contemplado en la carta magna de estas instituciones.
Qué fácil es hablar de democracia proscribiendo lo anormal, ¿no?
Aun así, creo que está justificado, porque por supuesto, según la prestigiosa universidad de “Mayami me lo Confirmó”, el 100% de los estudiantes barbudos son drogadictos, vagos y no tienen futuro.
¿La barba es directamente proporcional a la capacidad intelectual del alumno, o de su apego a la higiene personal, o de su amor a la Patria?
¿Acaso estar afeitado está relacionado con la capacidad de conseguir un empleo triste en una oficina, al que nos selecciona la orientación que seguimos?
Hablamos siempre del 24 de marzo, y los “chicos” de la guerra de Malvinas, y los 300.000 desaparecidos, y que viva la democracia, entre otras mentiras, verdades y verdades a medias planeadas con hipocresía para matar el respeto a la autoridad e inculcar el amor a la anarquía, pero sin embargo me sancionan por tener barbita de una semana, o el pelo de otro color, o maquillaje, o las uñas pintadas. (No hablo por mí solamente)
Me pregunto qué tanto placer le daría a todos esos hombres que le dan nombre a nuestros colegios vernos infelices por tapar, en nombre de la moral y las buenas costumbres de una época sepultada en capas y capas de años, nuestra identidad.
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